Los demás vinieron después
ASCENSO DE LA CARA NORESTE DEL HUASCARAN, 1988
Por. Fanny Monreal / Julio 16,2026
Luis lloró cuando encontró el viejo tramo de cuerda naranja. No lloró por la altura. Tampoco por el frío, el hambre o el cansancio acumulado durante casi una semana que llevaba colgado sobre una pared de hielo y roca en los Andes Peruanos. Lloró porque aquella cuerda, abandonada por una expedición catalana, significaba que ya no quedaba nada más por escalar. Detrás de él quedaban mil seiscientos metros de vacío y delante, apenas unos cuantos metros de roca. A sus 21 años, aún no se daba cuenta de que estaba terminando de ascender por una de las paredes más difíciles en América.
"...otra pared de roca, Luis otra vez punteando... resalta el crujido del verglas... nuevos movimientos de escalada y estamos fuera de esto. Nuestra escalada ha terminado provisionalmente. ¡La cumbre! Cuántas veces habíamos soñado con este instante que pensábamos nos procuraría la suprema felicidad... y, sin embargo, estábamos como entumidos, demasiado exhaustos para experimentar una alegría desbordante. Nuestra verdadera felicidad consistía simplemente en que ya no era necesario escalar más."
—Raymundo Arciniega.
HAN PASADO CASI CUARENTA AÑOS desde aquel junio de 1988. Luis Antonio Rodríguez “El Bebé”, Eduardo "Lalo" Tovar, Gerardo Leyte y Raymundo Arciniega pasaron meses entrenando y soñando con la misma meta: ascender la cara noreste del Huascarán Norte. Fueron los primeros mexicanos. También los primeros latinoamericanos. Esa hazaña terminó representando más que una primera ascensión porque con ella se intuyó una nueva forma de entender el alpinismo en y desde México.
A finales de los años ochenta, el montañismo mundial estaba cambiando. Los avances en equipo técnico permitían imaginar el logro de rutas antes consideradas imposibles. En el mundo, la escalada alpina se volvía más rápida, más ligera pero también más comprometida. Reinhold Messner acababa de completar los catorce ochomiles; los Himalayas comenzaban a abrirse a las primeras expediciones comerciales; Carlos Carsolio era una gran promesa del alpinismo internacional (y vaya que cumpliría con esa promesa) mientras Ricardo Torres Nava, otro mexicano, se preparaba para una página histórica en el Everest: primer mexicano en la cumbre. Montañistas europeos dirigían la mirada hacia las grandes y vírgenes paredes de Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Las grandes caras de los Andes comenzaban a convertirse en objetivos del alpinismo moderno. En México, esa transformación se vivía en varios clubs y grupos de alpinismo, pero existía un epicentro especial, la Universidad Nacional Autónoma de México.
La Asociación de Montañismo de la UNAM reunía algo poco común para la época. Ya habían intentado los Himalayas, realiazaban proyectos de exploración en cuevas y en desiertos, eran frecuentes visitantes de Yosemite. A ese grupo, llegaban jóvenes de todos lugares y clases sociales. Hombres y mujeres que compartían el único requisito indispensable, una obsesión compartida: subir montañas. En sus cursos coincidían estudiantes, profesionistas, incluso rescatistas. Las metas eran ambiciosas y a veces un poco extremas, pero por eso quizás resultaban irresistibles. En ese momento, el proyecto del grupo de Alta Montaña de la UNAM consistía en llegar al Everest en 1992. Por eso, había que formar una generación capaz de enfrentarse a montañas de verdad. Perú sería uno de los exámenes así que en junio de 1988, siete hombres y siete mujeres —la mayoría apenas en sus veinte— emprendieron el viaje hacia la Cordillera Blanca acompañados por sus entrenadores. Llevaban seiscientos kilos de equipo, comida y material de escalada.
Al llegar a Huaraz, los Andes aparecieron por primera vez frente a ellos. Desde la ventanilla del autobús contemplaron el Huascarán, el Chopicalqui y el vuelo de los cóndores. Para muchos era la primera vez que veían montañas de esa magnitud. Instalaron su campamento en Llanganuco, caminaron por la zona, ascendieron cumbres menores y permitieron que el cuerpo comenzara a acostumbrarse a una altitud que superaba cualquier experiencia previa. Pero había una pared que no dejaba de atraer sus miradas. La cara noreste del Huascarán Norte. Mil seiscientos metros de hielo, nieve y roca. Una muralla inclinada entre cincuenta y ochenta grados, interrumpida por seracs, grietas, cascadas de hielo y enormes canales por donde se sucedían avalanchas casi todos los días. Una pared respetada por los mejores escaladores. Dos cordadas europeas habían logrado superarla antes.
La idea de intentar aquella ruta había nacido de Enrique Miranda y Raymundo Arciniega. Entrenadores de Alta Montaña en la Universidad. Si lo conseguían, serían los primeros latinoamericanos en escalarla y con una diferencia fundamental respecto a las expediciones anteriores: ellos querían hacerlo en estilo alpino, sin depender de cuerdas fijas. Primero iría una cordada de armado conformada por “El Bebé”, Lalo Tovar, Raymundo Arciniega y Gerardo Leyte. Un par de días después, subiría una segunda cordada conformada por Enrique Miranda, Javier Delgado y otros dos integrantes.
Luis Miranda tenía veintiún años. Lalo Tovar, veintitrés. Ninguno había escalado por encima de los seis mil metros y mientras para algunos, escalar a esa altura es demente, para ellos era ridículo no hacerlo. Ambos compartían algo que aún no puede enseñarse en ningún curso: la locura por el montañismo. Toda tu juventud, entera, para escalar. Coincidieron en el Socorro Alpino y, desde entonces, cualquier oportunidad era suficiente para desaparecer rumbo a la montaña. Cuando llegó el momento de decidir quién escalaría en punta la ruta, la respuesta parecía inevitable, irían al frente. Luis lo recuerda así:
"Sería insensato no narrar la verdad, pero literalmente dijimos que 'ni se veía tan larga ni tan difícil'. Así que, gracias a nuestro ego —más grande que la montaña misma— decidimos llevar comida y gas para tan solo tres días. Nosotros, aparentemente, seguíamos pensando como adolescentes."
Ataque a la Pared
La madrugada del 17 de junio de 1988, el campamento se levantó antes que el sol. Las mochilas ya estaban listas desde la noche anterior. Entre todos habían cargado el equipo desde el campamento hasta la base de la pared: cuerdas, tornillos para hielo, estufas, gas, comida, equipo de vivac y un botiquín. Llevaban los overoles azules que años atrás, la primera expedición de la UNAM a los Himalayas utilizó. La cima esperaba casi mil quinientos metros más arriba, a más de 6,600 metros sobre el nivel del mar.
En algún momento de aquella mañana, Luis dio el primer paso sobre la pared. Lalo Tovar aseguró la cuerda. Ahora sí la expedición había comenzado. pero como veremos más adelante, la montaña, también tenía sus propios planes.
"La vista es increíble. La roca ya no se siente tan fría y puedo desplazarme con cierta prontitud sobre ella. A mis veintiún años no podía pedir más. Cinco años atrás, cuando comencé a escalar, jamás me hubiera imaginado que algún día estaría al pie de una gran pared. Eso era un sitio reservado para los héroes de los libros de montaña, para quienes habían nacido junto a las cordilleras. Ninguna de esas historias era la mía. Y quizá por eso sentía un placer indescriptible al profanar aquella tierra de dioses."
La emoción duró poco, porque la realidad de la pared comenzó a imponerse. La mecánica era simple pero agotadora. Luis y Lalo escalaban la ruta alternándose el liderazgo. Detrás venían Raymundo Arciniega y Gerardo Leyte, desmontando los seguros temporales y recuperando el material conforme avanzaban. Cada largo comenzaba a costar más minutos y cada reunión, un esfuerzo enorme porque llevaban bastante equipo. El primer día transcurrió entre pendientes de hielo, bloques de roca y una mezcla de entusiasmo y concentración. Todavía había fuerzas para bromear y admirar el paisaje. Entonces, la montaña habló: un bloque de hielo se desprendió varios cientos de metros por encima de ellos. Acelerando por la pared, apuntaba hacia Lalo quien se movió hacia un lado. El hielo pasó zumbando a centímetros y Lalo se rió. Todos entendieron el mensaje de que aquello no era un juego.
La segunda jornada elevó la dificultad, porque después de varios largos, Luis llegó a una cascada de hielo compacto, completamente vertical, de unos quince metros. Con tranquilidad, siguieron el avance. Luis y Lalo venían un poco más preparados mentalmente porque meses atrás, ambos habían realizado una estancia de un poco más de treinta días en el Iztaccihuatl abriendo rutas en roca y hielo.
Conforme pasaban las horas, el verdadero reto no era la dificultad técnica de la escalada sino la incertidumbre. Sabían que la expedición catalana, según la información disponible, había dejado algunos tramos de cuerda fija en los pasos clave. Encontrar alguno de esos restos significaba que iban por la ruta correcta. Pero no aparecía nada, ni una cinta, sólo hielo y roca junto con un sol directo que deslumbraba y quemaba a mediodía.
Fue Lalo quien se enfrentó al primer gran problema. Después de superar una cascada de hielo y nieve, levantó la vista esperando encontrar continuidad. En su lugar apareció una grieta espantosa. Tan ancha que partía el glaciar que tenía enfrente en dos. Al otro lado de la grieta podía verse la continuación natural de la pared pero llegar hasta allí era imposible, no había forma de cruzarla así es que había que ir de regreso y buscar otra salida. Eso implicó más esfuerzo físico y tiempo. Lalo descendió, estudió la pared una vez más y propuso atacar por una travesía lateral. La maniobra implicaba un péndulo y algunos movimientos sobre roca y hielo pero funcionó. El Huascarán no les regalaría nada.
Termina la Fuerza y Comienza la Voluntad
En toda gran escalada, el cuerpo deja de ser suficiente. Hasta entonces, el entrenamiento, la técnica y la condición física pueden resolver casi cualquier problema. Después de ese punto, sólo queda la voluntad.
Cada nuevo amanecer comenzaba igual. Antes de que el sol pegara directo en la pared, el hielo y la nieve permanecían duros. Bastaban las puntas frontales de los crampones y el filo del piolet para sostener el cuerpo sobre pendientes de cincuenta, sesenta o setenta grados. Pero cuando el sol alcanzaba la cara noreste, todo cambiaba. La nieve dejaba de sostenerlos, los piolets ya no mordían el hielo, se hundían hasta el mango. Los crampones desaparecían bajo una capa blanda que cedía con cada paso. Luis menciona:
"Por debajo de nuestras pisadas comenzaban pequeños aludes. Algunas veces enterrabamos los piolets junto con los antebrazos. Las piernas llegaban a hundirse hasta la cintura." Aquellos metros no eran técnicamente los más difíciles. Eran, simplemente, miserables”
Lalo seguía abriendo largos. Lo hacía con su serenidad clásica de quien acepta que, tarde o temprano, volverá a encontrarse con otro problema y el problema siempre aparecía. Una arista. Una grieta. Otra rampa. Un canal de nieve. Todo sucediendo encima de un vacío imposible de cubrir con los ojos.
Gerardo comenzaba a enfermar. Desde los primeros días de la escalada, se quejaba del estómago. Al principio nadie le dio mucha importancia. Las molestias digestivas son frecuentes en la montaña y en la altura. Pero el dolor aumentaba. Aun así, seguía escalando. No quería convertirse en el motivo por el que la expedición bajara y continuó.
Las jornadas podían medirse en largos pero para esos momentos se medían en bocanas de aire. En ocasiones pasaban horas completas escalando sin hablar. La conversación se reducía a preguntas básicas entre amigos:
—¿Le das?
—Voy.
—Va.
—A la otra.
—Órale.
Después de una larga jornada apareció otra rampa de nieve. Luis estaba convencido de que, por fin, estaban a punto de salir de la pared. Entusiasmado le informó al entrenador:
—¡Ya la hicimos, Ray! —gritó. No obtuvo respuesta.
El cansancio había vuelto sordos a todos. La verdad era que la cumbre seguía lejos. Una noche más de vivac. El gas comenzaba a acabarse junto con la comida. Habían salido preparados para tres días, ya llevaban cuatro y aún seguían atrapados quizás a mitad de la pared. Ninguno había visto u oído a la segunda cordada que se preveía iría detrás de ellos. ¿Habrían iniciado el ascenso?, ¿se habrían regresado?.
El quinto día fue el más lento de todos. En algunas zonas, cuando clavaban un piolet, desaparecía bajo más de un metro de nieve. Para cuando cayó la tarde, seguían sin encontrar un lugar donde dormir. Entonces Luis descubrió dos grietas. No eran el gran refugio sino espacios mínimos en la pared para pasar la noche. De a dos hombres en una y dos hombres en otra, sentados, doblados, semi acostados, intentaron descansar. "Bien aéreos esos vivacs", recordaría Lalo. En la grieta inferior consiguieron cocinar algo. Compartieron la última comida de la expedición.
Al amanecer el frío era brutal. Los pies de Lalo comenzaban a perder sensibilidad. A casi seis mil metros, Luis necesitaba cuatro respiraciones para ejecutar un movimiento. El dolor de cabeza ya era permanente y los calambres aparecían sin avisar y el hambre comenzaba a mezclarse con la deshidratación. El miedo, que hasta entonces había permanecido bajo control, empezó a instalarse sutilmente en la cordada. "Vamos todos puteados, cansados, paniqueados", resumió Lalo con la honestidad de quien ya no necesita demostrar nada. Por primera vez, Ray dejó escapar una idea que todos llevaban horas evitando: ”Quizá sea mejor bajarnos”. El silencio respondió por los cuatro pero Lalo y Luis le dijeron a Ray: “..mañana vemos Ray, mañana vemos…”
Esa misma tarde alcanzaron otra aparente salida. Todo se veía plano. Por un instante, ya casi en oscuridad total, creyeron que ahora sí habían llegado a la cima pero para cuando la oscuridad comenzó a envolver a la montaña, descubrieron una sucesión de grietas. Un paso más habría significado caminar hacia el vacío asi es que no había alternativa, otro vivac. Lalo metió los pies congelados en el abdomen de Raymundo para intentar salvarlos del congelamiento. Ese generoso acto lo protegió.
Los Últimos Setenta Metros
Cuando amaneció, ya no quedaba comida. Sólo un poco de agua derretida de nieve y jarabe para la tos que ocuparon para darle al agua algo de sabor. Y también la decisión de seguir porque después de cinco días suspendidos, descender era tan peligroso como continuar. No habían llegado hasta ahí para darse la vuelta a setenta metros de la salida. Frente a ellos se levantaba el que suponían era el último tramo de la pared. No era de hielo o nieve, eran setenta metros de roca compacta vertical. La reseña catalana calificaba aquel tramo como 5.11, A1, la sección técnicamente más difícil de la ruta. Pero después de casi una semana suspendidos en la pared, las graduaciones habían perdido sentido porque ya no escalaban un grado, escalaban para salir.
En muchos momentos dudaron. Raymundo lo admitiría años después. "Tuvimos muchísimas dudas. Bajarse era casi tan complicado como seguir. Así que decidimos continuar.". No era una decisión heroica, era una decisión lógica a pesar de la altura y el cansancio. Aquella última jornada fue una batalla contra la montaña y contra el cuerpo. Los dedos permanecían rígidos por el frío y los ojos ardían. Lalo sufría de los primeros síntomas de congelamiento en sus pies. Por primera vez desde que comenzó la expedición, miró a Luis y le dijo: “No puedo ir de primero”. No era miedo, era honestidad. Luis asintió y tomó nuevamente la punta. Simplemente siguió escalando.
Sus movimientos eran lentos, cada uno exigía la mayor precisión que se pudiera. El mismo plan: mientras Luis avanzaba, Lalo aseguraba, después subía Ray y finalmente Gerardo. En este último tramo de escalada, cuando Gerardo estaba por abandonar el vivac utilizando una maniobra relativamente sencilla que no hizo y creyendo que sí, se dejó caer pero al hacerlo, quedó suspendido sobre el vacío con sólo un seguro. Los gritos se escucharon en la pared. Luis levantó la vista y vio que la cuerda rozaba el filo de una roca. Un poco más de fricción y aquella cuerda podía cortarse. Se acerco descolgándose como pudo y metió una bota entre la roca y la cuerda. Esperó hasta que Gerardo dejó de balancearse y que pudiera comenzar a jumarear. Nadie dijo nada, entendían lo cerca que habían estado de un desastre.
Luis volvió a tomar la punta. Escaló otro largo. Después otro. Un extraplomo que parecía no terminar nunca y entonces ocurrió. Entre una fisura apareció un viejo pedazo de cuerda naranja catalana. Quince años llevaba allí. La tomó con cuidado, la examinó, tiró de ella, vió que resistía y se colgó. Comenzó a llorar, no de felicidad, no de emoción. Lloró porque, desde que aquella aventura había comenzado, ya no había nada más encima de él. La pared había terminado. El 20 de junio los cuatro alcanzaron finalmente la cima del Huascarán Norte. Sacaron las banderas, tomaron fotografías, sonrieron, pero ninguna imagen consigue explicar lo que realmente sentían: dolor, hambre, agotamiento.
No permanecieron demasiado tiempo. Minutos después comenzaron el descenso al que todavía tenían que sobrevivir. Decidieron, por el cansancio, hacer un último vivac, el más alto y el más miserable de todos. Sin gas, sin agua, sin comida. Con un frío que Raymundo Arciniega describió como "inenarrable". Durante la noche escucharon dos avalanchas cerca de ellos. Las botas amanecieron rígidas como piedras. Ya casi no hablaban, cada uno luchaba en silencio. "Nos hemos convertido en cuatro personas mudas", escribiría Ray años después. "Somos extraños al mundo."
Treinta y seis horas después de la última comida apareció el primer milagro. Descendieron por la ruta que lleva a la garganta entre el Huascarán Norte y el Sur y distinguieron en ella, unas tiendas de campaña que curiosamente eran de mexicanos. Un grupo de Monterrey preparaba su propio ascenso al Huascarán Sur. Cuando los regios vieron llegar a aquellos cuatro mexicanos quemados por el sol y tambaleándose por el cansancio, les dieron agua de limón, machaca con huevo y galletas Ritz. Lalo todavía recuerda el sabor de aquella agua.
Después de otra larga caminata sobre piso firme, por fin llegaban al campamento base pero ahí los esperaría una sorpresa. La segunda cordada sí había subido conforme a los planes y de esa cordada no se tenían noticias. Posteriormente se enterarían de que ellos también alcanzaron la cima, pero el precio había sido mucho más alto.
Javier Delgado, uno de los tres integrantes de la segunda cordada, sufrió graves congelaciones durante el descenso y fue tal su cansancio que en un momento se acurruco en su bolsa de dormir y recostó en el camino. Enrique y Guillermo, los otros dos integrantes, no tenían fuerzas para ayudarlo y optaron por irse al campamento a pedir apoyo. Afortunadamente no fue necesario porque unos montañistas franceses vieron a Javier y le proporcionaron medicamento. Fue evacuado hasta un hospital. Perdería parte de un pie. Quince días después del descenso, cuando por fin recuperaron fuerzas, varios miembros de las dos cordadas hicieron algo que sólo los alpinistas entienden: siguieron entrenando, como si el hambre, el miedo y el frío hubieran sido simplemente parte del aprendizaje.
Hay ascensos que suman una cumbre más al historial de un país y hay ascensos que la modifican. La cara noreste del Huascarán pertenece a la segunda categoría. No sólo es importante conocer de este ascenso porque cuatro mexicanos se convirtieron en los primeros latinoamericanos en superar aquella pared. Fue importante porque demostró que en México estaba naciendo una generación distinta que ya no esperaba seguir los pasos andados de otros y hacer las mismas rutas de siempre. Aquel ascenso fue un laboratorio en donde se formaron montañistas que hoy siguen promoviendo la actividad. Luis llevaría la bandera mexicana al Himalaya. Lalo es una vigente figura del montañismo de México, sin parafernalia. Esa expedición fue el comienzo de una manera diferente de entender el alpinismo: más técnica, más ambiciosa y plenamente integrada al movimiento internacional. Décadas después, la pared sigue allí. Quizá todavía haya quien al verla desde el valle, piense lo mismo que aquellos jóvenes en 1988: “Ni se veía tan larga ni tan difícil." FIN.